Aquí se aprende a defender la Patria…
Recordando a la maestra que me enseño a escribir la generadora mamá…
Mercedes, docente salteña recordó una leyenda escrita en el frente de un almacén del bonito e histórico pueblo de Cachi. En oportunidades de visitar los Valles Calchaquies, jamás había reparado en ello y eso me enseño a leer no solo los indicadores de ruta sino aquellos de negocios o la curiosa e ingeniosa publicidad de los caminos.
Con típica tonada “vallista” me arrimó un libro de cuentos del sanlorenceño Juan Carlos Dávalos . Y afirmando “todavía está”, me transportó hacia la magia de éste exquisito salteño “escritor con tonada” , descendiente del último gobernador realista de Salta y de Don Martín Miguel de Güemes, el héroe salteño de la guerra de la independencia.
En “Tiro de refilón” uno de los cuentos de Dávalos , poeta y prosista que “piensa en salteño y escribe en español” leí: “frente al hotel Irigoyen, ostentaba un curioso letrero en el frontis, sobre la arquería gótica de adobe “Almacén de Cesar Díaz, el que vende más barato. El que hace temblar al acreedor y combate la Crisis”. ¿Qué sentido encerraba lo de hacer temblar al acreedor? Los vecinos, interrogados por los turistas, no contestaban; pero, ¿qué importaba, si el objeto de la leyenda era, precisamente, llamar la atención?”
Otra docente, santafesina, maestra de vocación en Ameghino, margen argentina del Río Uruguay, aquel 11 de septiembre detuvo el auto en la Escuela de Frontera de El Soberbio conocida como “la escuela de Julio Sánchez” , y me indicó un enorme cartel que rezaba “aquí se aprende a defender la patria”. Norma Armando, compañera de los años del secundario, gremialista docente, de familia radical, y amiga, fue, años después, directora de la Escuela “Sierra Grande “ en San Vicente. Sin buscarla la encontré en 1975 en aquel perdido paraje de Misiones en la frontera con Río Grande do Sul. Me hablo de la soledad del docente rural; de la dura vida del magisterio fronterizo que el Consejo General de Educación denomina “de zona desfavorable”; de las escuelas ranchos; de la penetración cultural con mejores y mas eficientes medios de comunicación (radio y televisión); de ese raro lenguaje fronterizo, el portuñol; de la carencia de material didáctico y la falta de bancos adecuados en aulas precarias; de los comedores escolares y los malabarismos docentes para gastar 50 centavos por alumno, para darles algo de comer cada día. Justificando agrego “ el auto, me lo regaló papá y lo paga en cuotas” Recordé a una maestra de campo, mi madre, en una escuela rural chaqueña en Colonia Juan J.Passo (su director Casullo, abuelo de un dentista posadeño) y a una pareja de docentes del viejo Puerto Timbó (Puerto Bermejo) frente a Humaitá en la frontera con Paraguay. Ellos, relataban las mismas e idénticas historias de esa dura tarea de enseñar en las escuelas rurales y la siempre ignorada labor de nuestros maestros del interior.
Norma llego a tener una escuela “linda” que fue su orgullo en San Vicente. Aquellos dos maestros de Puerto Timbó o Puerto Bermejo, se los mencioné al pasar a un oficial de Prefectura Naval ( Prefecto Almada) y a una abuela de Villa Cabello (Delia Rolón de Báez). Ninguno se conocen, pero Almada y Delia me dieron la misma repuesta: “ mis maestros fueron don Luis y la señora Beatriz, en Puerto Bermejo, a la escuela la llevo el río, una madrugada…” Para un docente, el recuerdo de sus alumnos, es el mayor premio y el mejor homenaje. En la soledad de su escuela es, además de maestro: consejero, agrimensor, partero, juez, veterinario, agrónomo, sacerdote y si lo sabe músico-
Un maestro que no reclama una placa de bronce, sino que le permitan trabajar sin apuros económicos, con haberes dignos, con material didáctico para enseñar como lo exigen las prácticas fáciles de la Escuela Normal de Maestros. Son nuestros maestros, docentes que hacen realidad, cada día, el credo de Sarmiento, la palabra de Alberdi y la entrega de Rosario Vera Peñaloza. Acreedores muchas veces de la oración de Lucila Godoy (Gabriela Mistral) “perdón Señor, que enseñe, a ti que lo enseñaste en la Cruz”.
Muy viejecita, cargada de recuerdos, conocí guiado por el Dr. Alberto “Mensu” Ruiz a una de las primeras docentes de Posadas. En Gaiman, en la región galesa del Chubut pude conversar con una maestra misionera de apellido Roberts. Recordaba a sus profesoras y compañeras de los primeros años de la Normal EE.UU. de Brasil de Posadas. En La Cruz acompañe a doña Donona, la vieja maestra correntina cuando recibió, después de muchos años su jubilación La lista de desconocidos y abnegados maestros misioneros es larga. Podría pecar de olvidar nombres. Aquellos con quienes dialogue tenían el inmenso orgullo de señalarme “soy docente”. Esto es solo para recordar un cartel en aquella escuela fronteriza del Alto Uruguay que podría estar todas en las escuelas del país:“ Aquí se aprende a defender a la patria”.
Escribe Alejandro Guerrero Bernabey – periodista – (asgbernabey@gmail.com)



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Mayo 14th, 2010 at 15:22
Clarisimo post, puedo utilizar una parte del texto en mi blog?
Mayo 17th, 2010 at 13:43
Claro, está para eso. Saludos
Septiembre 4th, 2010 at 2:34
Alejandro: Leí todos los artículos, escelentes, interesantes, pero como mi corazoncito es de maestra, el ültimo me encantó. Saludos!