Guillermo Vilas volverá a visitar la tierra donde una vez protagonizó, impensadamente, una anécdota increíble.
Corrían aquellos años de finales de la década del 70 y principios del 80 cuando el argentino venía de ostentar el Nº 2 del tenis mundial, sitial que lo convertía en el mimado de la afición deportiva mundial y su presencia era requerida en los más importantes escenarios.

Lograr su visita era un privilegio de pocos.
En Misiones, concretamente en el Itapúa Tenis Club, de Posadas, principal centro de práctica del antes llamado “deporte blaco” -por la indumentaria, actualmente multicolor-, como ha ocurrido siempre, una legión de jóvenes se esmeraba todos los días para ir superándose, procurando llegar a sitiales de privilegios, más alla de la patria chica.
Por entonces, teníamos varias figuras promisorias que se destacaban en torneos nacionales y regionales, entre quienes podemos mencionar a Rubén Blanchard, Hugo Chapacú y Karina Codiani, entres otros. También había otros destacados, pero pido perdón porque, en este momento, la “memoria no me asiste” al decir del Martín Fierro.
Precisamente, por lograr la superación de estos jóvenes, la dirigencia de la entidad comenzó a pergeñar la idea de lograr la presencia de Guillermo Vilas, a los efectos de que dicte una clínica de tenis.
Colaboradores del club, entre ellos recordamos a Rubén Blanchard (padre), Chapacú y Codiani, eran quienes se enfrascaron en la gestión de lograr la presencia del ídolo. La situación se presentó propicia cuando el ídolo visitó Asunción, para un partido de exhibición con su “rival” amigo Víctor Manuel Pecci, el más destacado de todos los tiempos en el tenis paraguayo.
Los gestores de la visita “coordinaron” la venida de Guillermo desde Asunción hasta Posadas. Se dispuso que el tenista argentino se trasladara desde Asucnión hasta Encarnación, por vía aérea y allí los estarían aguardando los posadeños. El puente internacional estaba en etapa de construcción.
Vilas llegó al campo de aviación, pomposamente llamado “aeropuerto”, que nunca tuvo ni una torre de control, en un avión Bonanza biplaza.
El viajero se bajó en el campo y el aparato retornó imediatamente a Asunción. Vilas se encontró solo con el encargado del portón de acceso. Sus anfitriones, los posadeños, ausentes sin aviso. Se retrasaron para llegar.
Por aquel lugar, distante unos dos kilómetros del centro encarnaceno, no pasaba ni por casualidad un taxi. Los colectivos del transporte urbano, tampoco.
El ilustre viajero, a eso de las 13,00, bajo el sol abrasador de un verano ardiente, decidió “hacer camino al andar”. Al llegar a la ruta lo alcanzó una carroza, tirada por dos caballos, en la cual dos agricultores -hombre y mujer- llevaban sus productos pàra la venta.
Según quienes me relataron la anécdota, no consta si Willy pidió o los agricultores lo invitaron a subir al carro polaco.
Lo cierto es que aquel que llegó a ganar cuatro grandes premios slams, número 2 del tenis mundial, considerado entre los seis más grandes deportistas argentinos del Siglo XX, junto a Diego Armando Maradona, Carlos Monzón, Juan Manuel Fangio, Roberto De Vicenzo y Emanuel Ginóbili.
El mismo que acumuló más de cuatro millones de dólares en su carrera, que voló por todos los cielos del mundo en los más sostificados jets, en una ignota tarde encarnacena tuvo que acomodarse entre sandías, melones, mandioca y verduras, para hacer un viaje.
Viaje corto al fin, pero en carro polaco.

Antonio Cabrera (antonioecabrera@gmail.com)